Como tantas otras, nací “un día que dios estaba enfermo”, allá por 1964, en Madrid. Fui uno de esos hijos de obreros y trabajadoras invisibles que llegó a la universidad. No me sirvió de mucho: ya lo sabíamos, por eso estuve en el movimiento estudiantil de la época, y en la Insumisión. De esta, claro, no me he curado: la insumisión como forma de vida era demasiado seductora para olvidarla. Desde entonces, Lavapiés y Madrid ocupan la mayor parte de mi tiempo: entenderlos y transformarlos, aunque también ser transformado por ellos. He participado, participo, en centros sociales autogestionados, en redes vecinales, en los movimientos por el derecho a la vivienda y a la ciudad. Las políticas son, naturalmente, procesos colectivos. Para eso comparto un equipaje argumental un poco anómalo, que carga con paquetitos de ecología social, marxismo heterodoxo, modos de vida comunitarios y deseos libertarios. Me creo eso de que estamos en una crisis de civilización en la que las ciudades tienen una enorme responsabilidad: los modelos de crecimiento suicidas y las desigualdades sociales no son una buena perspectiva para la ciudad futura. La vida es un territorio en disputa, y la transición a modelos (en plural) democráticos, ecofeministas e igualitarios no será sin conflicto: no quiero abrazarme ni ir de la mano de los responsables y mandos económicos, políticos y sociales que dirigen todo esto. No son mis amigos. Mis amistades sois otras: insumisas con las que nos enredamos para hacer un mundo que merezca la pena ser vivido.

MOTIVACIÓN

El Ayuntamiento de Madrid se ha configurado durante el periodo democrático como una trama institucional compleja que se pretende monopolio de gestores expertos cuya iniciativa política está determinada por límites autoimpuestos. No es el resultado de una evolución “natural”, sino el producto de una intensa intervención para modelar un derecho a la ciudad restringido a las élites y las burocracias tranquilas. De hecho, el PP, y Gallardón especialmente, diseñó a lo largo de años un forma de gobierno y un marco de actuación política que separaba de forma radical las decisiones políticas del ámbito de lo público, rebajando la calidad democrática y las posibilidades de transformación. Un blindaje pensado para que nada cambie. Es preciso que en el Ayuntamiento de Madrid haya voces capaces de impugnar ese modelo, no que se adapten y asuman lo establecido como única posibilidad. Hacer presente en las instituciones políticas formales no solo la crítica a los límites de esas instituciones, sino también la necesidad de romper los hábitos de cortesía que aspiran a un acuerdo constante entre modelos incompatibles. Hemos comprobado que encerrarse en el esfuerzo individual y aislado de gestión de lo posible es asumir que los únicos cambios que suceden son los que aceptan o promueven las élites. Es preciso saber a quién favorecen unas u otras políticas municipales, y que en nuestro caso la delegación temporal mediante el voto es un contrato para promover las políticas de quienes nos votan. Y que solo tiene sentido si viene acompañada de estructuras colegiadas, participadas, no en el ámbito institucional, sino en el de los movimientos sociales y críticos que impulsan las candidaturas, los modelos alternativos y los cambios que se consideran imprescindibles por medio del programa y los planes de actuación. Lo demás es más de lo mismo.